
En 1997, o hace unos tres siglos en años tecnológicos, compré un tablet electrónico de A.T. Cross, la empresa de bolígrafos. Desarrollada en conjunto con IBM, el CrossPad fue presentado como algo revolucionario y que crearía una nueva categoría de producto: cuadernos portátiles digitales. Tomo grandes cantidades de notas, así que la idea de convertir mis garabateos en archivos digitales era demasiado seductora como para ignorarla. Sin embargo, en menos de un mes, el CrossPad compartía el espacio en las estanterías de las tiendas con todos los demás productos que rompían paradigmas que habían prometido, y no habían logrado, cambiar mi vida.
La verdad es que no soy tanto un usuario adelantado sino más bien un blanco fácil, y sucumbo ante los sueños utópicos de la mística tecnológica, sin importar cuán teñidas de un interés comercial puedan estar sus visiones. ¿Quién era yo para discutirle a "Ozzie" Osborne, director de la división de Sistemas de Negocios de Bolígrafos y Discurso de IBM, cuando declaró que el CrossPad "redefiniría la forma en que los usuarios perciben la lapicera y el papel"? (i) ¿Y por qué, hoy, debería cuestionar la afirmación de Steve Jobs de que el iPad de Apple, que será enviado a las tiendas muy pronto, inaugurará un enorme mercado nuevo para los aparatos personales de medios? Como el hijo ilegítimo de un Kindle y un iPhone, el iPad sin dudas es encantador, pero sólo el tiempo dirá si los consumidores llegan a considerarlo como algo esencial que llena un hueco entre un teléfono celular y una computadora portátil.
Muchos en la blogosfera apuestan contra el iPad. Gran parte del escepticismo parece ser una reacción visceral a las recientes victorias de Apple. Aparentemente es más fácil tolerar la inmodestia desenfadada cuando una empresa es un segundón con problemas y no un gigante de la alta tecnología. Sin embargo, a pesar de los supuestos defectos del iPad (no tiene cámara, no tiene Java, no tiene Flash, no tiene lápiz óptico), habría que ser al menos un poquito estúpido para apostar contra Apple.
Durante la última década, el orgullo de la ciudad californiana de Cupertino produjo un desfile avasallante de logros: